Publicada el 12 DE OCTOBER 2011

Ciencia expandida, naturaleza común y saber profano

Autores de un aporte en la cinchada entre propiedad privada y la propiedad común del conocimiento.
MDZ - 12/10/11 - Por Alejandro Frías

Ciencia expandida, naturaleza común y saber profano

¿De quién es la ciencia? ¿Quiénes están autorizados a hacer ciencia? ¿Quiénes son los beneficiarios de un saber? A partir de estas preguntas podrían dispararse extensos debates que no sólo abarcarían a la ciencia como tal, sino que calarían profundo también en un entramado que incluiría la política, la sociedad, la economía y, por supuesto, la filosofía.

Estos son los caminos por los que se desplaza Ciencia expandida, naturaleza común y saber profano (Editorial de la Universidad Nacional de Quilmes), de los investigadores españoles Antonio Lafuente y Andoni Alonso, un trabajo en el que ahondan planteos que hacen a la investigación científica y al usufructo de sus resultados.

Desde la necesidad de una reestructuración del planteo de cada uno de los problemas científicos a la posibilidad de involucrarse en estos problemas de parte de cualquier persona, cada ejemplo puesto en Ciencia expandida, naturaleza común y saber profano echa luces sobre la posibilidad de intromisión de los ciudadanos en la búsqueda de respuestas a los problemas que los afectan (o simplemente les interesan) y al valor de estas como parte de un saber científico que pasaría a aumentar el conjunto de saberes universales al alcance de todos.

Para que esto quede más claro, pensemos en dos ejemplos que podemos encontrar a diario en varios lugares del mundo y que a veces sólo aparecen como noticias en los periódicos pero que, sin lugar a dudas, pueden derivar en grandes aportes al conocimiento. Pensemos en los familiares directos de una persona afectada por una enfermedad, o en el mismo afectado.

Pueden darse casos en lo que, en la búsqueda de una solución, este grupo de “investigadores” lleguen a conclusiones a las que desde las academias no se pudo arribar. Y lo mismo sucede, por ejemplo, con movimientos sociales que luchan para proteger un bien común, como el agua, o que se oponen a la explotación minera contaminante o aquellos que prueban alternativas para lograr buenos cultivos, sin plagas ni enfermedades, pero evitando el uso de pesticidas dañinos para el suelo o la salud humana.

En contraposición, Lafuente y Alonso se refieren a la “ciencia a la carta”, es decir, aquella que se hace por dinero, más específicamente, aquella que obtiene resultados a la medida de los financistas de la investigación. En este sentido, es más que relevante el dato de que “el 15% de los científicos declaran que alguna vez modificaron los resultados para acomodarse al gusto del mecenas”, estadística que los autores toman de una investigación de Martison.

A propósito de la aparición en Argentina de Ciencia expandida, naturaleza común y saber profano, entrevistamos a sus dos autores, y el resultado es una charla en la que su posición respecto de la investigación queda más que claro.

Con ustedes, los autores.

- En una primera impresión, ustedes parecen ir más allá en cuanto a un anarquismo metodológico.

- Antonio Lafuente: ¿Anarquismo metodológico? En absoluto. El libro de lo que habla es de la necesidad de ensanchar nuestra idea de lo que significa ser modernos. Y si en algo es enfático es en la necesidad de incorporar a más actores. No es que demande menos ciencia, sino nuevos actores. La ciencia se ha convertido en un asunto muy complejo, una vez que cosas como el clima, la biodiversidad o el mismo cáncer no parecen ser objetos que puedan estar confinados en los estrechos márgenes del laboratorio. Cuanto más se habla de ciencia del clima, más se nos recuerda que los nuevos ensamblajes que necesitamos deben incorporar mucha bioquímica, mucha geografía, mucha biología medioambiental, pero también mucha economía, mucho conocimiento local y mucha política internacional. Esto implica más incertidumbre, pero no menos ciencia. Más incertidumbre no equivale a más anarquismo, al contrario, implica más actores, distintos saberes, diferentes formas de acreditación, otras formas de gobernanza,... Insisto, no menos ciencia, sino un saber que demanda una modernización epistémica.

- Andoni Alonso (foto): No exactamente, no se trata de una visión internalista de la ciencia y, además, se tiene muy en cuenta el paradigma tecnocientífico, es decir, el continuo entre ciencia y tecnología. En el siglo XXI resulta difícil separar los dos ámbitos y también la implicación social en el desarrollo tecnocientífico. En este sentido, habría que entenderlo como un trabajo de campo, tomando en cuenta experiencias, antes que una teoría sobre la estructura de la ciencia. La implicación social de la ciencia, por otro lado, es un campo que se ha frecuentado mucho en los últimos veinte años. Quizás la principal razón para ello ha sido la noción de riesgo y la necesidad de compartir y administrar ese riesgo, a ser posible, con el mayor número de agentes sociales. El riesgo se ha convertido en uno de los problemas básicos en las sociedades tecnológicas como la nuestra.

- ¿Y cuál ha sido la recepción de parte de sus colegas? Especialmente, considerando esa posición privilegiada en la que se sitúa la mayoría de los científicos.

- Andoni Alonso: Todavía es demasiado pronto como para realizar una evaluación al respecto. Pero la bibliografía aportada en el libro indica que existe una amplia corriente sobre el pensamiento tecnocientífico que se mueve dentro de los mismos parámetros. De ahí se deduce que la recepción será parecida a la de otras obras de carácter similar.

- Antonio Lafuente (foto): Pues hay al menos dos tipos de colegas. Quienes temen que esta proliferación de actores, instituciones, redes, problemas… traiga demasiado desorden y acabe por desestabilizar el orden social, y quienes, al contrario, están felices con lo que está sucediendo. ¿Acaso la obra de Raquel Carson no ha ensanchado el mundo de la ciencia y también el de las libertades? Y qué le diríamos ahora a quienes la acusaron de irresponsable, charlatana y anarcoide, quienes afirmaron que el mundo se iba a descomponer con sus propuestas. ¿Y qué ocurrió con el darwinismo o el copernicanismo?

- Pero considerando esta proliferación, ¿cómo se reduce el riesgo de que la multiplicidad de métodos no quite seriedad y, en todo caso, rigor a la investigación y a los resultados?

- Andoni Alonso: Estamos en una etapa del desarrollo tecnocientífico en el que antes que hablar sobre un método hablamos de resultados. Si nos fijamos en los intereses que corporaciones e instituciones dedican a tales resultados –industrias farmacéuticas, NASA, institutos médicos-, podríamos afirmar, finalmente, que los resultados, independientemente de los procedimientos, son, en muchas ocasiones, exitosos. Insistimos, no se trata de una revisión del método científico, se trata más bien del efecto que las prácticas científicas producen en lo social y cómo lo social reinterpreta y hace suyo, en ocasiones, el desarrollo tecnocientífico.

- Antonio Lafuente: La palabras mágicas son gobernanza y openness, transparencia.  Nadie quiere que se hunda el mundo.  Todos queremos protegerlo y todos lo queremos algo menos asimétrico y algo más inclusivo, ¿no? En definitiva lo que nos preocupa es cómo hacer el mundo más habitable.

- El resultado en la investigación independiente precisa también de una legitimidad, ¿quién se la daría?

- Andoni Alonso: No hay un solo experto/interlocutor válido, precisamente, la proliferación de diversas instituciones en la red es lo que permite que la validación sea más robusta que nunca, en los momentos en que las controversias se resuelven. Ello no impide que existan grupos que se cierren en posiciones extremas. La democratización de la tecnociencia, igual que todos los procesos de democratización, tiene sus peligros y sus excesos también, pero ello no impide afirmar que, a la larga, sus ventajas son mayores que un sistema cerrado, al margen de los deseos y necesidades sociales.

- Antonio Lafuente: La acreditación no tiene por qué ser vertical o definitiva. Puede ser distribuida y abierta. La ciudadanía, pensemos en eBay o Wikipedia, puede inventar formas de validación del conocimiento. ¿Cómo pudo la ciencia convertirse en una empresa abierta y horizontal? ¿Cómo permitieron quienes la pagaban (los reyes y magnates) que el conocimiento circulara libre sin más control que el peer review, el control de calidad por pares? La respuesta es fácil: era la forma más segura, barata y rápida de controlar la calidad del conocimiento. Entre todos hoy estamos inventando nuevas formas de validación, muchas de las cuales son complementarias o alternativas, pero todas buscan lo mismo: crear un conocimiento de calidad capaz de afrontar y resolver problemas con garantías. Esto a veces implica luchar contra la privatización y las formas corporativas de acreditación.

- Esta amplitud metodológica, a mi entender, puede dar lugar a que, debido a las posibilidades que da Internet en la difusión, se multipliquen concepciones erróneas e, incluso, extremismos de tipo religioso. ¿Cómo se podría evitar esto?

- Andoni Alonso: Hace mucho tiempo, Wittgenstein consideraba que uno de los aspectos más reprobables de la sociedad contemporánea era su ansia por divulgar la ciencia porque “hacía parecer que se entendían cosas que no se entendían en absoluto”. Los extremismos existen antes de Internet, basta con seguir la polémica evolución/creacionismo que arrastramos desde la era preinternet. Por tanto, no se trata tanto del potencial difusor, sino de mentalidades que siempre han existido ahí. Es posible que ahora se vean más estas posiciones radicales, pero no ello no significa que no existieran antes, simplemente pasaban desapercibidas. Una mala divulgación científica puede tener ese efecto, pero lo que en el libro se alude es a una implicación ciudadana –tecnocidana- de la ciencia. Si se acepta esta propuesta, el peligro que indica la pregunta desaparece.

- Antonio Lafuente: Pasa lo mismo que en la ciudad. Los prejuicios contra lo abierto siempre han existido y existirán. Siempre habrá gente que querrá más mano dura, mayor vigilancia y, en cambio, todos los estudios prueban que en las sociedades abiertas la gente es más feliz y habita mundos más prósperos. Sin ingenuidad se puede hablar de estas cosas, de forma que podamos asumir riesgos razonables.  ¿Le gustaría vivir en un mundo donde estuviera prohibido fumar, donde las mujeres no estuvieran en el espacio público, donde los inmigrantes tuvieran que hablar la lengua nacional o donde los niños tuvieran que comulgar todos los domingos? ¿Le gustaría que se prohibiera el azúcar por el riesgo de diabetes o la carne por el riesgo de gota o la cerveza por el riesgo de alcoholismo? No podremos evitar la incertidumbre en lo sucesivo, pero quizás sí podamos repartir mejor los bienes y también los males. Y seguro que también podremos producir un conocimiento más inclusivo y menos reduccionista, es decir, más riguroso y también más justo.


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